ANIMA Y ANIMUS.
Edgard Whitmont elabora una
“clasificación tipológica tentativa de lo Femenino”. Generalmente, uno de estos
rostros del ánima se encuentra vuelto
hacia arriba, hacia la luz de la conciencia de un hombre, y lo atrae hacia ese
tipo de mujer, que se convierte para él en representante de lo femenino.
1- La
Madre es una figura llena de cualidades protectoras, que brinda atención y
mimos. Su rostro luminoso es el del hogar y la seguridad, el del perdón y el
consuelo; es la encarnación de toda compasión y de toda sabiduría instintiva.
Su rostro oscuro es el de la que posee, devora y destruye, la matriz sombría
que aleja al hombre de la vida, adentrándolo en la muerte. El hombre que se
tiene, él mismo, encadenado a esta imagen, que no puede entender las múltiples
facetas de lo femenino, sino que está esclavizado únicamente a ésta, terminará
generalmente sintiéndose atraído por mujeres que efectivamente pueden desempeñar
con él el papel de madre; y se debatirá por lo común contra la dependencia, el
desvalimiento y la parálisis que, llevada al extremo, entraña una relación así.
2- La Hetaira es una figura muy diferente,
y las antiguas cortesanas eran símbolos adecuados de esta imagen del ánima: mujeres intelectualmente dotadas,
cultas, poseedoras de sentido estético, dedicadas a los aspectos personales
del amos y del cortejo, inestables,
caprichosas, promiscuas y con algo de mariposas. El lado luminoso de esta
imagen es el del sentimiento refinado que abraza la cultura y el amor de la
belleza. El lado oscuro es frío, despiadado, impredecible, engañoso y versátil,
incapaz de mantener jamás la lealtad en una relación. A un hombre subyugado por
la imagen de la Hetaira,
la mujer puede parecerle una mariposa deslumbrante, portadora de belleza, luz y
colorido, pero indigna de confianza, cambiante como el viento, incapaz de
ofrecer nada que se parezca a seguridad ni arraigo.
3- La Amazona es una figura telúrica fuerte
y capaz, eficiente y práctica, que no retacea su apoyo y rebosa terrenal
sabiduría. Su faz luminosa es la capacidad de hacer frente a la realidad, de
tratar con el mundo material y sus complejidades, de ofrecer seguridad y
estabilidad. La cara sombría es dominante, manipuladora, enérgica, limitadora,
rígida, dogmática y esclava de la tradición y la ley. Es probable que el hombre
a quien el ánima esclaviza en su
función de Amazona busque relaciones en las que su vida sea manejada y
organizada con eficiencia por la mujer, dejándolo a él en libertad de correr en
pos de su visión creadora. Si se la percibe negativamente, esta imagen puede
manifestarse como un moderado aprisionamiento en una perpetua condición de
niño, que permite al hombre no hacer nada por sí mismo. La antítesis de la Amazona es
4- La Médium, vidente y visionaria, la
profetisa que puede desentrañar los secretos del universo, que está en comunión
con los dioses y cuyos dones son la espontaneidad, el júbilo, el éxtasis y el
abandonarse al fluir del momento. Su dimensión iluminada le da el rostro de la
intuitiva locura, caos, entrega frenética a las fuerzas de lo colectivo y a las
potencias demoníacas de la visión y el delirio. El hombre a quien el ánima somete en su condición de Médium
puede encontrarse con que ha hallado una musa, alguien que en su vida es capaz
de constituirse en catalizadora de la expresión de la creatividad y el
significado. Pero también puede encontrarse con que lo ha sacrificado en el
altar del caos, con que su voluntad y su personalidad y su necesidad de lograr
en el mundo algo de valor se están desintegrando en un torbellino de
fantasmagorías o en un mundo onírico que termina induciéndolo a creer que se ha
convertido en el héroe sin haber cumplido la hazaña.
Las cualidades que se encarnan
en estas cuatro figuras son aspectos de la psique inconsciente del hombre como
tal.
“No podemos volvernos lo que necesitamos ser, permaneciendo como somos” Max DePree
El ánimus es la imagen
arquetípica del hombre que existe dentro de toda mujer. Es el cazador, el
guerrero, el estadista y el intelectual; constructor, tanto en el plano
material como en el mental. Es poderoso, y su poder y su esfuerzo tienen
sentido y propósito; él posee la clave de las leyes en virtud de las cuales funciona
la vida, y del significado que se oculta por detrás del plan de su despliegue.
Está relacionado con la mente y el espíritu, y personifica la objetividad, la
voluntad, el conocimiento, la dirección y la perspectiva impersonal.
Whitmont sugiere que el ánimus puede asumir una de las cuatro
formas básicas siguientes:
1- El Padre es una figura que apoya, abriga y cuida; porque es
hombre, encarna el orden social jerárquico, la costumbre, la tradición, la
santidad del pasado y los valores de la familia. Su rostro luminoso es el de un
protector que refuerza y tranquiliza, y a una mujer le ofrece un sentimiento de
seguridad en el vasto mundo donde vive; su rostro oscuro sofoca y aplasta su
crecimiento, porque la mantiene confinada en el estrecho marco de una niñita a
quien se le niega el derecho de descubrir sus propios valores. Una mujer
esclavizada por semejante figura del ánimus
se encontrará con frecuencia en relación con un hombre que juega al padre con
ella, la protege y la cuida, la patrocina y espera que en cambio ella obedezca
su palabra como si fuera ley, con lo que la aprisiona en una niñez constante.
2- El Puer es la antítesis del Padre y –lo mismo que la Hetaira, su contraparte
femenina- es vacío, inconstante, afectado, juvenil, brillante e incapaz de
lealtad y de permanencia cuando establece una relación. Tanto el Hijo (Puer)
como la Hetaira
son tipos cuya característica es amar y abandonar; pero la Hetaira está motivada por
Heros y pone mayor énfasis en amar, en tanto que el Puer lo pone en abandonar.
La faz luminosa del Puer es como el mercurio; simboliza el juego rutilante,
cambiante, móvil como una mariposa, de la mente diferenciada, y es como un espíritu
del viento, que trae consigo el cambio y la euforia del vuelo. Su faz oscura es
fría y cruel, endurecida y falta de sentimiento, propensa a la crítica
destructiva y a la palabra que destila ponzoña. Es probable que una mujer
ligada a esta forma del ánimus se
encadene precisamente a un hombre así: atractivo, irresponsable, infantil,
deslumbrante y mucho más hábil para escurrirse y abandonar la relación que para
mantenerla.
3- El Héroe es un guerrero, una criatura
de la tierra y como su contraparte femenina –la Amazona- se esfuerza por
combatir y ganar en el mundo objetivo. Puede convertirse en el hombre de
negocios a quien acompaña el éxito, en la persona influyente, el político
dotado de carisma, ser militar o estadista; su rostro luminoso ofrece empuje,
capacidad de hacerse valer, coraje, sentido común, tenacidad, aguante y una
poderosa voluntad. El aspecto oscuro lo dan su sensualidad y materialismo, que
lo hacen insensible, brutal, dominante, posesivo y destructivo frente a todos
los dones curativos y las cosas del espíritu. Una mujer esclavizada por esta
figura del animus, si es incapaz de
expresar o reconocer ninguna otra faceta, puede encontrarse enredada con un
hombre cuya principal consideración en la vida sea su propia posición, y
depositar en él sus proyecciones; y él, en su búsqueda de poder y de logros
materiales, la arrastrará consigo (o, mejor dicho, ella se dejará arrastrar,
movida por la influencia del ánimus),
porque todas las cosas, incluso la relación, deben ser sacrificadas a su conquista.
En contraste,
4- El Sabio, antítesis del Héroe y
correspondiente a la figura de la Médium, es un símbolo de creatividad, sabiduría,
visión, penetración espiritual y acercamiento a la Mente de Dios. Su aspecto
luminoso es el del mago, el profeta que despliega los misterios del vasto
significado de la vida; su faz oscura es el abismo, el poder ardiente, fanático
y totalmente impersonal del caos. Una mujer sometida a este tipo de ánimus puede llegar a vincularse con un
hombre que actúe con ella como gurú y guía espiritual, como fuente de sabiduría
y profeta visionario; puede esperar que sea él quien viva su propia creatividad
inexpresada, y consagrar su vida al servicio de las necesidades terrenales de
él, para permitirle que lleve adelante su noble visión. Y es probable que no
llegue jamás a darse cuente de que ella misma posee una visión y una sabiduría que
le son propias.